miércoles 8 de abril de 2009
El Autogolpe de Fujimori
Alberto Kenya Fujimori Fujimori, hijo de los inmigrantes japoneses Naoichi y Matsue Fujimori, nació el 28 de julio de 1938 en Lima.
Graduado como Ingeniero Agrónomo, cursa estudios en la Universidad de Wisconsin (EEUU) y Estrasburgo (Francia). Se casa con Susana Higuchi, también hija de inmigrantes japoneses, con quien tiene cuatro hijos: Keiko, Sashi, Hiro y Kenyi.
Fundó en 1988 el partido político Cambio 90, y presentó su candidatura a la presidencia de Perú y al Senado en las elecciones generales de 1990.
Derrotó en junio de ese año en segunda vuelta al escritor Mario Vargas Llosa, y fue investido presidente de Perú en julio.
En 1992, disolvió el Congreso con apoyo militar, intervino la judicatura y asumió poderes absolutos, en una decisión conocida como el "autogolpe" de Estado.
El 12 de septiembre del mismo año, la Policía capturó al fundador del grupo maoísta Sendero Luminoso, Abimael Guzmán Reinoso.
En noviembre, la alianza gobernante Cambio 90-Nueva Mayoría gana 44 de los 80 escaños en las elecciones al Congreso Constituyente Democrático, convocado para elaborar una nueva Constitución de la República.
En octubre de 1993, los peruanos aprueban en referéndum la nueva Constitución, que reemplaza a la de 1979.
En abril de 1995, Fujimori es elegido presidente por segunda vez consecutiva tras derrotar a Javier Pérez de Cuéllar, ex secretario general de la ONU.
En agosto de 1996, el Congreso peruano aprueba una ley que posibilita la reelección para un tercer periodo presidencial.
El 17 de diciembre del mismo año, el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA) asalta la residencia del embajador japonés en Lima y toma como rehenes a 72 personas durante más de cuatro meses.
La ocupación concluye con una intervención militar que libera con vida a 71 de los 72 rehenes y elimina a los 14 terroristas.
Fujimori gana en 2000 en primera vuelta a Alejandro Toledo, quien denuncia fraude, y en mayo es elegido para un tercer período presidencial en segunda ronda, a la que se presenta como candidato único.
En julio, jura como presidente entre grandes manifestaciones de protesta, y dos meses después se difunde un vídeo en el que se ve a su asesor Vladimiro Montesinos entregando dinero a un congresista de la oposición. El 19 de noviembre de 2000 aprovecha un viaje a Brunei para huir a Japón y dimitir de su cargo enviando un fax.
El Congreso peruano rechaza su dimisión y declara su «incapacidad moral permanente» para ejercer el cargo durante diez años.
En 2001, la Justicia peruana abre procesos penales por abandono de cargo, delitos de lesa humanidad y peculado contra Fujimori, y un año después es procesado acusado de sobornos a congresistas. En 2003, es procesado por el desvío de fondos para la campaña electoral de 2000.
El gobierno de Alejandro Toledo, elegido en 2001, solicitó a Japón su extradición, primera de una serie de solicitudes similares que nunca fueron respondidas.
En 2005, el Tribunal Constitucional de Perú dictamina que Fujimori no puede presentarse a las presidenciales de 2006, y en noviembre de ese año el ex gobernante llega de manera sorpresiva a Santiago de Chile, donde es detenido.
En enero de 2006, Perú solicitó su extradición por delitos de corrupción y violaciones de derechos humanos, y en septiembre de 2007 la Corte Suprema de Chile aprueba su entrega por dos delitos de lesa humanidad y cinco de corrupción.
En diciembre de 2007, comienza el juicio por las matanzas de Barrios Altos y La Cantuta y por los secuestros de un periodista y un empresario, y el mismo mes es condenado a seis años de cárcel por el allanamiento de la vivienda de la esposa de Montesinos.
El 7 de abril de 2009, la Sala Penal Especial de la Corte Suprema condena al ex gobernante a 25 años de prisión como inductor de los 25 crímenes cometidos en dos matanzas y dos secuestros.
viernes 5 de octubre de 2007
Los Rusos a las puertas de Grozny
Nota extraída de el periódico El Mundo de España
Enviado especial
GROZNI.- Puedo oír las sordas explosiones en esta ciudad, un infierno olvidado en el corazón del Cáucaso, donde los inocentes mueren sin asistencia médica.
Ninguna organización humanitaria ayudará a Vieslan, un niño de 13 años con el vientre destrozado por la metralla de las bombas rusas. Chechenia no vende entre los ejecutivos de las ONG que competían por aparecer en la foto humanitaria kosovar. Esta guerra es demasiado peligrosa y poco rentable en el mercado mediático.
Un recorrido por el hospital clínico de Grozni, donde sí hay heridos civiles de guerra, revela el diferente valor de la condición humana. La vida de los pacientes se agota en tenebrosas habitaciones compartidas con el suelo lleno de sangre seca y suciedad.
No hay calmantes para hombres con la espina dorsal destrozada por la metralla de un misil, ni antibióticos para un paciente con el cráneo abierto por la explosión de una bomba. No hay anestesia, vendas, suero o jeringuillas. Se opera a la luz de linternas. Es un infierno aun peor que el del frente, un matadero civil donde han ingresado 168 heridos en tres días.
«Los heridos están solos, moribundos y desesperados. La reserva de medicamentos se ha terminado y la Cruz Roja no nos ayuda desde 1996, porque tienen miedo a los secuestros», dice a este diario el doctor Aslan Azayavec, director del hospital.
La mitad de los empleados del centro no acude al trabajo por miedo a morir bajo las bombas rusas y las familias evacuan a sus enfermos minutos después de ser precariamente operados en el único quirófano disponible. Un histérico rumor desencadenado en Grozni afirma que todos los hospitales están siendo bombardeados, lo que no es cierto.
A corta distancia
Según el prefecto del distrito checheno de Naurskaya, Taus Bagurayev, las fuerzas rusas se encontraban ayer entablando violentos combates en el lado norte del río Terek, a 20 kilómetros de Grozni.
Mientras, los cazabombarderos rusos se lanzaban en picado sobre sus objetivos en la capital, una fortaleza en ruinas donde miles de hombres afilan bayonetas en los suburbios esperando demostrar de nuevo, como en 1996, su coraje suicida en la lucha urbana frente al Ejército ruso.
Sus largas barbas cubren los chalecos de combate repletos de munición, pistolas sobaqueras y largos machetes, el arma de honor chechena. La voz de uno de los comandantes en el frente norte, al otro lado del río Terek, surge a través de la línea sucia de una radio de campaña. «Tenemos a los rusos a tiro de fusil», informa a unos 35 kilómetros al norte del Grozni. Pocos segundos después, se oye gritar a decenas de hombres: «¡Alá es grande!». Ráfagas de ametralladora ahogan el grito a través de la radio.
Los soldados chechenos que me rodean señalan las agudas siluetas de los TU-26 recortadas en el claro atardecer. «Están atacando de nuevo Urus Martan», comentan. Se trata del pueblo que hemos visitado horas antes. La aviación rusa ha consumado en esta ciudad, situada 65 kilómetros al suroeste de la capital, un devastador ataque sobre objetivos civiles, que puede interpretarse como un bombardeo intencional o un episodio de daños colaterales. Una de las bombas destruyó la única central eléctrica. En la madrugada de ayer, la guerrilla abatió un avión de asalto ruso SU-25, cerca de esta localidad. Al parecer, los chechenos capturaron, y mantienen con vida, a uno de los pilotos.
La destrucción es muy similar a la consumada por la OTAN en Yugoslavia sobre zonas residenciales. Unas 40 casas han sido demolidas o son inhabitables. Las familias de los hermanos Kerimov -un total de ocho personas entre niños, mujeres y hombres- perecieron en el sótano de una de las tres casas donde residían.
Combatientes wahabíes
El vicepresidente checheno y ministro de Información, Ahmed Zakayev, al mando de una brigada de fuerzas especiales, afirma que en Urus Martan no había combatientes de la secta islámica wahabí. Sin embargo, el domingo, la escolta presidencial que acompaña al reducido grupo de periodistas presentes en Grozni nos prohibió entrar en la ciudad para prevenir reacciones incontroladas de estos combatientes.
El ministro, héroe de la última guerra contra Rusia, dice: «Moscú intenta imponernos un gobierno títere. Si no los detenemos en Chechenia, arrasarán todo el Cáucaso hasta Turquía con el dinero que les concede el Fondo Monetario Internacional. Pero tendrán que matar hasta el último checheno para arriar la bandera de nuestra independencia».
Rehenes en la Embajada Japonesa en Perú
Así relataba el Mundo de España, una entrevista con el Comandante Evaristo
2 horas con el comandante 'Evaristo'
ENVIADO ESPECIAL
LIMA.- «Como ustedes deben saber, soy Néstor Cerpa Cartolini». Lo único que mueve son los ojos, dos tizones que brillan en el fondo de unas cuencas profundas y oscuras.
El camarada Evaristo aparece en el salón de la residencia del embajador japonés en Perú con el rostro embozado por un pañuelo rojiblanco y comienza a hablar despacio, mirando fijamente a las cámaras. Elige las palabras con cuidado, como si recorriera un peligroso campo de minas.
«Nosotros exigimos la liberación de nuestros compañeros presos y estamos abiertos a la mediación del señor Fidel Castro, del señor Boris Yeltsin o de cualquiera que quiera ser intermediario», afirma el camarada Evaristo.
El jefe de los terroristas del Movimiento Revolucionario Tupac Amaru (MRTA), que retiene a 74 rehenes en la residencia del embajador japonés en Lima, lleva un cuchillo prendido en los correajes de la pechera y un fusil colgado del hombro.
A su lado, enmascarados y silenciosos, permanecen dos guerrilleros muy jóvenes. Ambos tienen la cabeza rapada al cero.
«Es una medida de seguridad», explica uno de los terroristas. «Para evitar que nos agarren por el pelo si entramos en combate cuerpo a cuerpo con los comandos de la policía peruana».
En el aire flota un olor picante, a sudor rancio y basura vieja. Los muebles están apilados contra las ventanas. Pintada en la pared en tinta azul, hay una consigna: Patria o Muerte.
En las estanterías de lo que debió de ser una lujosa biblioteca se ven montones de cajas de medicamentos y en un rincón del cuarto se apilan desordenadamente los bidones de agua.
Fue algo totalmente imprevisto. Ni los reporteros -los principales beneficiarios-, ni los terroristas -autores de una inopinada conferencia de prensa-, ni el presidente Alberto Fujimori -todavía no recuperado del enfado-, podíamos suponer que pocas horas antes de fin de año y por una mezcla de casualidad y osadía, iba a ser posible entrar con cámaras en la residencia diplomática y entrevistar in situ al jefe de los secuestradores y a sus más importantes rehenes.
IMPREVISTO.- Estábamos en el retén policial, esperando turno para integrarnos en uno de los grupos de periodistas a los que se estaba permitiendo cruzar frente a la residencia, cuando un fotógrafo japonés extrajó un papel del bolsillo, lo desplegó sobre su gorda cabeza y salió corriendo hacia el portón.
Iba en plan kamikaze, pero el nipón no las debía tener todas consigo, porque hizo el corto trayecto con los brazos en alto y dando alaridos en japonés.
Al ver que los de dentro no lo abatían a tiros, los afortunados que estaban cerca -al otro lado del cordón policial- se metieron detrás de él, conscientes de la gran oportunidad.
Desde una de las ventanas, un terrorista gritaba asustado «¡Atrás! ¡Atrás!», pero a esas alturas ya había una veintena de fotógrafos y operadores de televisión dentro del jardín.
Escaldados por muchos años de trastadas policiales, los del MRTA no se fiaban.
Cabía la posibilidad de que el presidente Fujimori hubiera decidido asaltar por las bravas el lugar y que los de los chalecos y las lentes fueran en realidad expertos en contrainsurgencia y en artes marciales.
«¿Son prensa extranjera?», preguntaban desde dentro.
Los del jardín juraban que sí. Tras bastantes vacilaciones y mandarles hacer cola, los del interior abrieron un hueco en la cristalera y exigieron pasaportes y carnés de identidad.
Una vez convencidos de que los recién llegados no eran agentes secretos del líder limeño, abrieron la puerta.
El camarada Evaristo apareció enseguida. De todo lo que dijo, lo más importante fue que no tiene prisa y que sólo dejará marchar a los rehenes que siguen en su poder, si el Gobierno libera a los 458 terroristas del MRTA presos en Perú.
Volvió a citar las cárceles-tumba en que se pudren sus compañeros. Criticó la dureza y el «tono confrontacional» empleado por Fujimori en la entrevista concedida el día 31 de diciembre a la agencia Efe.
Evaristo recalcó también que no le interesaba la oferta de «libre salida al extranjero» hecha por el presidente a los veintitrés terroristas que asaltaron hace dieciséis días la residencia del embajador japonés.
«Si yo hubiera querido salir del país, lo habría hecho por las fronteras clandestinas. Nosotros no hemos venido aquí para lograr eso, sino con una petición concreta en relación a nuestros presos».
LANZAGRANADAS.- Para dejar patente su fuerza, como quien no quiere la cosa, Evaristo hizo pasear ante las cámaras a unos cuantos de los suyos, entre los que destacaba un muchacho con un aparatoso y flamante lanzagranadas de fabricación soviética.
Después, fiel a su imagen de hombre preocupado por las relaciones públicas, preguntó educadamente si los periodistas deseaban hablar con algún rehén.
Pocos segundos después, hicieron irrupción en el salón el ministro de Exteriores peruano, Francisco Tudela, el embajador japonés, Morishisa Aoki, el congresista Gilberto Siuna y el economista Masami Kobayashi, alto ejecutivo de la firma Mitsui.
Hablaron los dos más importantes: Tudela y Aoki. El ministro Tudela, recién afeitado, con camisa beis y voz pausada, aclaró que no participa en las negociaciones: «No siendo libre, no estoy en condiciones de negociar nada».
El embajador, quien trató de expresarse en castellano y terminó haciéndolo en japonés, tuvo una actitud muy oriental. Pidió disculpas a su Gobierno y a su pueblo por el desastre de la residencia.
«Reconozco mi responsabilidad», dijo Aoki. «La seguridad de la recepción convocada aquí el pasado 17 de diciembre era algo que dependía de mí y las cosas no salieron bien».
Tras dos horas de charla y varios intentos frustrados de acceder a la planta superior y de visitar otras habitaciones, los reporteros iniciaron la retirada.
Primero se despidieron de los rehenes; después, de los secuestradores.
En el exterior les esperábamos centenares de policías perplejos y medio millar de colegas envidiosos.
Eran las cuatro de la tarde y desde entonces la residencia ha vuelto a ser lo que es desde hace dieciséis días: sombría y siniestra morada de veintitrés secuestradores y muchos secuestrados.
